Hace aproximadamente una década que el doctor Anatoli Brouchkov atrajo, repentinamente, la atención del mundo entero. El geólogo ruso, jefe del Departamento de Geocriología de la Universidad Estatal de Moscú, apareció en multitud de medios, desde Vice y el New York Times a El Confidencial y The Daily Start, y por un buen motivo, ya que el científico había cruzado una línea en su esfuerzo por descubrir la clave para la longevidad humana: empezó a experimentar consigo mismo inyectándose una bacteria antiquísima extraída del permafrost de Yakutia, una región de la Siberia central. Antes de inocularse a sí mismo, ya se habían realizado varios experimentos que tuvieron resultados prometedores: el tratamiento con esta bacteria en ratones viejos les permitió conservar sus capacidades reproductivas hasta edades significativamente mayores de lo normal; también aumentó la esperanza de vida de moscas de la fruta; y aumentó la vitalidad de las plantas que fueron expuestas al Bacillus F.