Sabiendo que la neuroplasticidad nos acompaña hasta el último suspiro, conservamos la capacidad de cambiar radicalmente nuestra forma de pensar tantas veces como sea necesario. Aunque ciertos procesos fisiológicos se ralenticen con los años, nuestro cerebro conserva cierta habilidad para aprender, adaptarse y reconfigurarse hasta el final.

Esto es fácilmente demostrable, simplemente aceptando que la naturaleza humana es intrínsecamente contradictoria y evolutiva. Probablemente todos conozcamos a personas (o incluso nosotros mismos) que han transformado su manera de entender el mundo con el paso del tiempo, ya sea en sus tendencias políticas, en su estilo de vida o en sus valores más profundos.